
En 1930, Russell publicó en " La conquista de la felicidad ", en esta obra describe una serie de consejos de sentido común respecto a lo que el individuo debe hacer para superar la infelicidad. Esta obra generó controversia, por un lado los intelectuales la consideraron comercial y despreciable, por otro los psiquiatras profesionales elogiaron esta obra.
Respecto a las crítica Russell dijo " No tengo idea de qué opinión es la correcta, pero sí sé que la obra fue escrita en una época en que yo necesitaba ejercitar mucho mi autocontrol, y servirme de la experiencia aprendida con el dolor si quería que mi felicidad fuera estable y duradera... Durante los años siguientes fui profundamente infeliz ”.
Para José Luis Aranguren este libro es en su composición, la obra de un moralista clásico. El libro consta de dos partes muy marcadas: la primera, causas de la infelicidad, y la segunda, causas de la felicidad.
Una de las palabras del prólogo nos advierten del carácter de su ensayo: “Este libro no se escribe para los cultos ni para los que creen que tan sólo se debe hablar de problemas prácticos (...) He escrito este libro con la creencia de que mucha gente desgraciada puede ser feliz a través de un esfuerzo hábilmente dirigido.”
El libro al inicio nos recuerda que los animales son felices siempre que tienen salud y comida suficiente, a diferencia de lo que parece que sucede con las personas o de lo que pensaba Aristóteles. Basta tan sólo con pasear por una calle concurrida para ver la ansiedad, la preocupación, la angustia en la cara de la gente. La causa de este malestar son, según Russell las ideas erróneas, una ética y unos hábitos de vida equivocados que conducen a la destrucción del deseo, de la felicidad natural de la que deberían disfrutar tanto hombres como animales. Eso sin olvidar que hay una serie de “causas externas”, a las que ha dedicado anteriores obras, como la guerra, la educación en el miedo o la explotación económica, que imposibilitan igualmente gozar de la vida. Esta observación hay que tenerla siempre presente, ya que a pesar de que esta obra esté dedicada a comentar las “causas internas” de la felicidad, Russell no olvida que nuestro tiempo está caracterizado por una serie de azotes de carácter colectivo que cierran el paso al bienestar:
“Es evidente que las causas psicológicas de la infelicidad son muchas y variadas. Pero todas tienen algo en común. El hombre típicamente desgraciado es aquel que, habiendo sido privado en su juventud de alguna satisfacción normal, ha llegado a valorar unas satisfacciones más que otras y, por tanto, ha dado a su vida una dirección única, y ha puesto un énfasis exagerado en el éxito, y ha alejado las actividades que lo pueden impedir.”
En el segundo capítulo se trata de la “desgracia byroniana”, el orgullo del infortunio. Es normal en nuestro tiempo suponer que las personas cultas han llegado a la conclusión de que nada tiene importancia en esta vida, escribe. Y los que creen esto son positivamente desgraciados, pero están orgullosos de su infortunio, ya que lo atribuyen a la naturaleza del universo y consideran que su actitud es la única medianamente razonable para un hombre culto de la modernidad. nada más absurdo, para Russell. Los que atribuyen su desdicha a sus ideas sobre el universo se equivocan, la verdad es que son desgraciados por alguna razón que desconocen. Byron simboliza esta actitud ante la vida, pero no podemos olvidar, nos dice Russell, que la tragedia de nuestros días tiene como protagonista a la sociedad y no a un individuo decadente y aislado que se recrea en el pesimismo mientras disfruta de toda una serie de comodidades impensables para sus contemporáneos. “A todos los hombres de talento que van diciendo que no tienen nada que hacer en el mundo, yo les diría”, afirma Russell: “en lugar de esforzarte por escribir, procura no escribir. Recorre el mundo, hazte pirata, rey de Borneo o trabajador en la Rusia soviética; lleva una vida en la cual ocupe la mayor parte de tus energías en la satisfacción de las necesidades físicas elementales.”
La competencia también es una fuente de infelicidad, ya que la pugna nos conduce a la ideología del éxito según la cual sólo puede ganar una persona la carrera por la felicidad. Esto conduce a valorar con creces la voluntad y muy poco los sentidos y el entendimiento (planteamiento típico de los moralistas puritanos, que siempre han valorado en gran manera la voluntad). Sea como fuere, “el éxito prodigioso de estos dinosaurios que, como sus antecesores históricos, prefieren el poder a la inteligencia, está encontrando imitadores en todo el mundo; se han convertido en modelos del hombre blanco en todas partes (...) Aun así, los que no siguen la moda pueden consolarse pensando que los dinosaurios no triunfaron, en definitiva, que se devoraron los unos a los otros y que sus inteligentes vecinos heredaron el reino”.
El aburrimiento es una de las grandes fuerzas motrices de la historia, a la que no se ha dado la importancia que merece, afirma Russell al empezar el cuarto capítulo. Según él, con la aparición de la agricultura la vida empezó a ser triste, aunque con el maquinismo haya “disminuido enormemente la cantidad de aburrimiento en el mundo”. Nosotros nos aburrimos menos, que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo a hacerlo, es decir, que hemos ganado muy poco. Hemos llegado a pensar incluso que el tedio es una carga natural humana y que no se puede evitar de ninguna manera. Las guerras, la violencia, las agresiones, dice Russell, se pueden explicar como unos entretenimientos que el hombre busca para huir del hastío.
Hay dos tipos de aburrimiento, uno positivo y uno negativo: el primero es provocado por la ausencia de drogas, y el segundo, por falta de actividad. Sea como sea, puesto que el tedio es algo que no se puede evitar a lo largo de una vida, recomienda educar a la juventud con cierta capacidad para soportarlo, ya que aprender a convivir con él es esencial para conquistar la felicidad. La propia vida tranquila de grandes hombres como Sócrates, Kant, Darwin o Marx es un argumento más a favor de esta idea (aunque este argumento podría rebatirse muy fácilmente ya que, por ejemplo, vidas como las de Marx, con su lucha constante contra la pobreza, o las aventuras viajeras de Darwin, no son precisamente un modelo de existencias “tediosas”).
El resto de la primera parte de su libro está dedicado a hablar del cansancio psíquico, la envidia, el sentimiento de culpa, la manía persecutoria y el miedo a la opinión pública. La perspectiva, formalmente hablando, es siempre igual, la misma que propuso, a pesar de las distancias ideológicas que los separan, Schopenhauer, o la que durante los años cincuenta de nuestro siglo adoptó la psicología cognitiva: hay una serie de pensamientos irracionales que deforman la realidad siempre de manera negativa, invariablemente en mi contra. Si corregimos estos sistemas equivocados de pensamiento, podremos controlar, en buena medida, nuestros estados de ánimo (ya que son las cogniciones o los pensamientos los que crean los estados de ánimo y no al revés) y conseguir un bienestar psicológico, es el elemento más destacado que Russell comenta en este libro como fuente de la felicidad.
Por lo que se refiere al cansancio psíquico, dice, por ejemplo: “Es sorprendente hasta qué punto puede aumentar la felicidad y la eficiencia de un cerebro organizado que piensa adecuadamente en el momento oportuno, en lugar de pensar desordenadamente todo el rato. Cuando hay que vencer una dificultad o tomar una decisión, tan pronto como tengamos los datos suficientes pensemos de forma detenida y decidámonos, y después de decidirnos no rectifiquemos hasta que tengamos conocimiento de nuevos hechos. No hay nada tan agotador y tan inútil como la indecisión.” Es decir, una buena organización de nuestros pensamientos nos puede ahorrar el cansancio y por tanto facilitarnos la consecución de la bienaventuranza. En el capítulo dedicado a la envidia, se afirma: “En realidad, la envidia es la manifestación de un vicio en parte moral y en parte intelectual que consiste en no considerar nunca las cosas por sí mismas, sino en sus relaciones”, es decir, otra deformación de nuestro pensamiento. Así como el pecado no es más que un miedo irracional que ha grabado en nuestro inconsciente la educación recibida –que el ejercicio libre de la racionalidad puede desterrar por completo–, o la manía persecutoria es el antecedente más claro de lo que en el ámbito cognitivo se llama hoy “lectura del pensamiento” (un vicio intelectual que provoca malestar al suponer, sin tener ninguna evidencia concreta, que las demás personas nos menosprecian), el miedo a la opinión pública no significa otra cosa que una forma de angustia que magnifica el parecer de las personas que nos rodean. Sin escaparnos de esta tiranía por miedo de la libertad espiritual que representa la afirmación de nuestra propia personalidad, tampoco podremos procurarnos la felicidad.
La segunda parte del libro es más corta que la primera, quizás como consecuencia de pensar que las causas de la felicidad son más escasas que los motivos de la infelicidad.
“La vida es demasiado breve para interesarnos por todo, pero está bien que nos interesemos por todo aquello que puede hacernos pasar el rato”, afirma Russell en el primer capítulo de esta segunda parte dedicado a hablar del entusiasmo. Tanto da que el interés sea general o particular, ya sea escribir cinco volúmenes sobre las enfermedades de las rosas o “coleccionar ríos”, lo importante es abrir nuestra vida hacia el exterior con expectación.
También analiza algunos de los problemas más importantes que afectan al núcleo familiar moderno: el bajo índice de natalidad de las familias occidentales, la educación de los hijos, el divorcio... Mucho más vehemente es la encarnizada defensa del trabajo que aquí presenta, como una vacuna preventiva contra el aburrimiento. Pero ésta no será la única ventaja del trabajo: nos ocupa muchas horas al día, nos evita pensar en nuestros problemas, da una nueva dimensión al ocio, nos ahorra decidir constantemente qué tenemos que hacer o nos proporciona las posibilidades de alcanzar el éxito profesional que todos buscamos (en una clara contradicción con las afirmaciones que había hecho en la primera parte). De todos modos, la característica principal que analiza del trabajo es el valor “constructivo”. La posibilidad de ver acabado un trabajo bien hecho es una nada despreciable fuente de bienestar.
Finalmente, después de comentar la necesidad de tener intereses personales que nos puedan alejar de las preocupaciones del trabajo (cosa que por otra parte ya había hecho a la hora de hablar de entusiasmo) y de mencionar el difícil equilibrio que implica la bienaventuranza entre el esfuerzo personal y la resignación, concluye: “Es evidente que la felicidad depende, en parte, de las circunstancias y, en parte, de uno mismo.
Una carta de amor de 1916 ya anticipaba algunas de estas conclusiones de forma poética: “No puedo soportar la pequeñez y el encierro de las cosas meramente personales. Quiero vivir siempre abierto al mundo, quiero que el amor personal sea como un faro de fuego que ilumine la oscuridad y no un tímido refugio del frío, como lo es a menudo (...) En cierto modo, no puede expresarlo en palabras; me parece que parte de nuestros pensamientos y sensaciones son momentáneos, y otros pertenecen al mundo eterno; como las estrellas, pese a que su existencia es pasajera; hay algo –algún espíritu o esencia– que perdura, que es parte integrante de la historia real del universo y no sólo del individuo. De algún modo, así es como quiero vivir, de forma que la mayor parte de la vida posea esa cualidad de eterna. No puedo explicarte lo que quiero decir, deberás adivinarlo; naturalmente, no consigo llevar una vida así, pero ésta es la brillante clave de la paz. ¡Ah, soy feliz, feliz, feliz...!” .
En la decimoquinta parte establece que las causas más importantes de la infelicidad son: la envidia, la competencia, el aburrimiento, la mala conciencia o el miedo a la opinión pública; mientras que entre las causas de la felicidad encontramos: el afecto, el trabajo, el esfuerzo o la resignación.
La guerra, la educación en el miedo o la explotación económica son tres “causas externas” que imposibilitan disfrutar de la vida. Las “causas internas” más destacadas de infelicidad son las distorsiones cognitivas: hay una serie de pensamientos irracionales que deforman la realidad siempre de manera negativa, invariablemente en mi contra. Si corregimos estos sistemas equivocados de pensamiento, podremos controlar, en buena medida, nuestros estados de ánimo (ya que son las cogniciones o los pensamientos los que crean los estados de ánimo y no al revés) y conseguir un bienestar psicológico, el elemento más destacado que Russell comenta en este libro como fuente de felicidad.
Este Decálogo conocido como Decálogo liberal fue publicado por Russell en 1951 y es una esencia de su pensamiento en lo que se refiere a la felicidad de vivir y pensar.
1) No estés absolutamente seguro de nada.
2) No creas conveniente actuar ocultando pruebas, pues las pruebas terminan por salir a la luz.
3) Nunca intentes oponerte al raciocino, pues seguramente lo conseguirás.
4) Cuando encuentres oposición, aunque provenga de tu esposo o de tus hijos, trata de superarla por medio de la razón y no de la autoridad, pues una victoria que dependa de la autoridad es irreal o ilusoria.
5) No respetes la autoridad de los demás, pues siempre se encuentran autoridades enfrentadas.
6) No utilices la fuerza para suprimir las ideas que crees perniciosas, pues si lo haces, ellas te suprimirán a ti.
7) No temas ser extravagante en tus ideas, pues todas la ideas ahora aceptadas fueron en su día extravagantes.
8) Disfruta más con la discrepancia inteligente como debieras, aquélla formidad pasiva, pues si valoras la inteligencia como debieras, aquella significa un acuerdo más profundo que ésta.
9) Muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando tratas de ocultarla.